Él patea el balón contra la pared de su habitación y finge no haberme escuchado.
- Miguel - le repito -creo que hoy se va a morir papá.
El balón rebota contra la pared y se desliza lentamente hasta chocar contra el armario, luego contra la pata derecha de la cama, luego contra los pies de mi hermano. Me dejo caer en la cama y extiendo los brazos. Hace frío.
- Miguel, ¿tienes frío? - le pregunto mirando al techo.
Él ya se ha sentado en la silla de su escritorio con el balón de fútbol en la mano, juega con él, lo lanza hacia arriba y luego lo deja caer sobre su regazo. Baja la cabeza y cierra los ojos. Cuando se da cuenta de que lo estoy observando levanta la mirada rápidamente y se ríe.
No sé por qué pero se ríe.
- Gracias - dice por fin al tiempo que me lanza el balón.
Consigo atraparlo en el aire y lo apoyo sobre mi pecho. Cuando todavía podíamos cenar los cuatro en casa y cuando todavía nos tomábamos aquellas fotos ridículas en la sala de la tele y cuando todavía nos gustaba el invierno, mi madre tenía “terminantemente prohibido” que Miguel jugase con el balón por la casa. Hace dos años que no hay fotos, no sé siquiera qué será de esa cámara Canon vieja que le regaló mi abuelo a mi padre. Pienso que debe de estar en la azotea; seguramente llena de polvo y telarañas.
- ¿Lo crees o lo sabes? - me pregunta sin atreverse a levantar la mirada.
No sé qué decirle, sólo no lo sé. Le devuelvo el balón, o por lo menos lo intento. Rebota contra una esquina del escritorio, luego contra el armario, luego contra los pies de mi hermano. Esta vez no se agacha a recogerla.
- Lo sé, me lo ha dicho mamá hace unos minutos. La decisión está tomada.
La llamada de teléfono llega justo a tiempo. Bajamos a la sala, levanto el auricular. No digo nada, sólo cuelgo el teléfono, lo miró, asiento con la cabeza. No hay nada más que hacer. Nada.
Mi madre llega a casa unos minutos después. Miguel ha destrozado el jarrón de cristal que mamá heredó de su abuela. Aquel jarrón por el que era prohibido jugar con balones por la casa. Cuando se da cuenta no es capaz de decir nada.
Ella también está llorando.
Mientras barre los añicos de ese vestigio que tanto apreciaba, mi hermano y yo la miramos sentados en la sala de la tele. Con el balón de fútbol sobre la mesa.
-Perdón - dice.
Ella tampoco puede dormir. No sé si por el jarrón o por haber decidido desconectar a papá.
Antes de cerrar las cortinas y echarme a la cama Miguel entra a mi habitación y se echa a llorar. No lo abrazo, no lo puedo abrazar. Estamos demasiado lejos. Se deja caer sobre mi cama y yo me mantengo firme, de pie junto a la ventana.
- Papá no se tenía que morir hoy - me dice.
- Lo sé.
- No se ha muerto, dime que no es verdad. ¿Mamá se lo ha inventado todo, no?
- Miguel…
- Cuando tenga 20 años me iré de casa – asegura - ¿te vendrás conmigo?
Me río. No sé por qué pero me río.
- ¿Serías capaz de contárselo a la gente? ¿de contarle a la gente lo ha hecho mamá?
- No – admito.
- Yo sí, yo sí. ¿Por qué no? Papá no se tenía que morir hoy. ¿Por qué ha hecho eso mamá?
- No lo sé, Miguel.
- Gracias – me dice una vez más – gracias contarme que papá se iba hoy.
- Te lo tenía que decir…
- Mamá pudo haberlo callado por siempre. Que se murió de la nada, ¿sabes? Ella hubiese sido capaz de decirme eso. Y yo me lo hubiese creído, ¿sabes? Yo sé, yo sé que papá no quería morir hoy.
Me acerco a él y lo abrazo.
- Claro que me iré contigo cuando tengas 20 años. Nos llevaremos este balón de fútbol y nada más – le miento.
- Gracias.
- Quizá… quizá esto era lo mejor. ¿Sabes? Quizá nunca se iba a despertar…
Él patea el balón contra la pared de mi habitación y finge no haberme escuchado. Estamos demasiado lejos y la casa es hoy demasiado grande para los tres.
Siempre quise un poco de espacio. Siempre quise romper ese jarrón de cristal.