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miércoles, 3 de diciembre de 2008

La última copa

“La última copa, lo prometo”, dijiste tambaleándote. Que la cirrosis, papá, que tu hígado, que tu salud, que recuerda lo que el doctor te advirtió, que por favor, papá…
Te despiertas una mañana, dónde está mi whisky, dónde dejé las llaves del auto, dónde me escondieron mis porros. Ya no te tropiezas con balones de futbol, ni con barbies desnudas, ni con mini superhéroes de plástico, ni con dulces ni crayones. Tus hijos ya no viven contigo, se mudaron de casa.
Sólo ella, sólo tu mujer que te sigue mirando con una súplica silenciosa desde el otro extremo de la cocina. Y tú no sabes que todavía te ama, que todavía te espera.
La próxima vez que te despiertas ya no estás en casa. Estás en una cama pequeña, envuelto en sábanas, inmóvil, adolorido, huele a hospital. Maldito olor a hospital que odias desde los siete años cuando a tu abuelo le dio ese infarto que le quitó la vida a tu papá también. Le preguntas al señor de bata blanca por tu mujer y él…

Ya sabes qué significa esa mirada cabizbaja, esas manos entrecruzadas, ya has vivido ese silencio de hospital. Ese hicimos-todo-lo-que-pudimos que no te creíste ni de niño.
Comprendes que ella tenía razón, que debiste escucharla, darle las llaves del auto. Comprendes, demasiado tarde, que la última copa (por la que tanto insististe) fue tu última oportunidad, la última vez que la viste sonreír.

Siete garabatos y medio

Había intentado suicidarse siete veces y media pero era inútil. Se volvía a despertar sobre el colchón ensangrentado, las sabanas en el suelo, sudoroso, cansado, llorando. Se volvía a despertar sin poder ponerle fin a la vida que ya no quería vivir.
Una noche, resignado, comenzó a escribir. Después de siete minutos y medio leyó su historia; entendió, entre letras y garabatos, el porqué de ese colchón manchado de sangre que su madre veía sin inmutarse. Para qué morir si nadie se va a enterar.
Escribió su vida para desangrarse de una forma más digna, menos bulliciosa. Él pensaba que se podía quitar la vida con una botella de tequila y una gillette desgastada. Se equivocó. Escribió sobre su vida y se dio cuenta de que al escribirla la perdía. Cuando leía la historia no se reconocía en ella. No me reconozco en estos putos papeles.
Entonces los garabatos le gritaron lo que necesitaba escuchar: hubiese sido mejor no nacer. Casi derrotado, reescribió la historia de su vida sin él.
A la mañana siguiente su madre entró a la habitación por primera vez en siete años y medio y gritando su nombre se aferró, sollozando, al cuerpo de su hijo que descansaba sobre un libro.
No necesitó volver a intentar suicidarse. Escribir le quitó la vida.

Duermes sola

Abres los ojos y ahí yace el reloj que él olvidó y ves que son las 2:00am y te incorporas de un salto y está nevando y sientes mucho frío y caminas hacia la ventana y te asomas y él todavía no ha llegado.
Tic-tac.
Abres los ojos, ves su reloj, son las 3:00am, te incorporas, hace frío, caminas hacia la ventana, te asomas, él todavía no ha llegado.
Tic-tac.
Abres los ojos. Reloj. 4:00am. Frío. Ventana. No ha llegado.
Tic-tac
Abres los ojos, te volteas, duermes sola.
Ventana. Frío. Nieve. Reloj. Cama. No, no va a llegar.
Tic-tac
5:00am. Teléfono. Siento mucho tu pérdida, Mila.