miércoles, 17 de noviembre de 2010

Tucentrismo

Desde tu ombligo voy recorriéndote con los dedos... subo por tu cuello, más ariba están tus ojos, esos dos que nunca abriste si no fue para mirar tu ombligo.

lunes, 8 de febrero de 2010

No era cuestión de tiempo

No era cuestión de tiempo. Tu ya lo sabías, ella también. Aún así se abrazaron y antes de cerrar la puerta no pudiste evitar decírselo.

- Quizá mi futuro está aquí… el tiempo lo dirá.
- Estate atento, no habla tan alto el tiempo.

Intentaste reír, pero sus chistes nunca habían sido graciosos.

Después de 4 años y medio te das cuenta de que el tiempo no habla, de que el tiempo no decide, de que el tiempo lo único que sabe hacer es suicidarse continuamente.

No fue el reloj, no fue el calendario ni la voz chillona de tu madre a través del teléfono intentando conseguirte esposa… no fue nadie más que tú quien decidido un futuro gris que se encuentra suspendido en el aire como si estuviese colgando de una cuerda floja. Estancado. Resignado.

Ella ya no vive en la calle 43, en el piso 8. Ella ya no está… y si tu futuro estaba con ella el tiempo fue lo suficientemente idiota como para no avisártelo. ¿Lo hubieses escuchado si te lo hubiese dicho?

No era cuestión de tiempo.
Tú ya lo sabías. Ella también. Por eso cuando te fuiste ella no perdió tiempo (siempre fue más lista que tú) y a los pocos meses aceptó ese trabajo que venía aplazando por miedo a perderte.

Miedo. Qué curioso.

No era cuestión de tiempo, era cuestión de valentía.
Desgraciadamente eso no se vende en el mercado.

Aún así


Se cortó el pelo, se lo tiñó de café y adelgazó 6 kilos. Incluso vendió las zapatillas rojas y se compró unas naranjas. Se transformó en otra.

Aún así él la encontraba en cada esquina de la ciudad, sus ojos cafés permanecían estancados en un pasado cuyo efímero recuerdo se había quedado atrapado debajo de la almohada.

Ella lo quería olvidar. Él no. Ella se transformó en otra… aún así cuando se miraba al espejo no podía evitar recordarse y extrañarse.

Recordar y extrañar a la mujer que era cuando él todavía vivía.

lunes, 1 de febrero de 2010

No sé por qué no lo hice

Después de demasiados días me lo topé en la calle más cerca de mi casa y más lejos de la suya. Nos detuvimos al instante, levantamos la mirada y no sonreímos. Él titubeo, se acercó un poco luego se arrepintió y alargó el brazo para saludarme, volvió a dudar. Para mí tampoco era fácil, cada día después del último día pensé qué pasaría cuando nos volvamos a ver. Finalmente, un poco avergonzada, lo admití: “Yo tampoco sé cómo”. Le sonreí con ganas y él permaneció inmóvil mirándome, mirándose en mis ojos. Mirándonos. “Sí, me he engordado”, le contesté cuando me lo preguntó con la mirada. Soltó una leve carcajada que sólo él y yo pudimos escuchar, una carcajada que se perdió entre el tumulto y el ruido de una calle en un lunes a las 6 de la tarde. Se calló tan pronto como recordó a lo que venía. Lo noté, no existían las coincidencias, no después de un adiós. Y estabamos en la calle más cerca de mi casa, más lejos de la suya. Más lejos, demasiado lejos de esa cama.
Levantó el rostro y me lo preguntó con la mirada tiesa. Frunció las cejas. No fue necesario que hablara. “Sí, es verdad” le contesté esquivando sus ojos. Supuse que se enteraría tarde o temprano.
Pero había sido demasiado temprano.
“Lo siento”, añadí y confieso que me arrepiento de haberlo hecho. A veces debería de ser un poco más como él y aprender a callar.
No había nada más que decir, sin embargo nos podríamos haber pasado el día así, adivinándonos las miradas y sonriendo esporádicamente.
Volvió a titubear, no sabía cómo despedirse; yo tampoco. Me provocó lanzarlo contra el dispensador de coca cola y darle un beso lento y largo, jalarle el cabello. Besarlo. No sé por qué no lo hice. Antes de que él pueda comenzar su patética indecisión con la mano extendida y la cara confundida me aferré a su cuerpo en un abrazo grande y sincero, lo rodeé con los brazos y cerré los ojos. Él tardo unos segundos en reaccionar, luego me abrazó con mucha fuerza, escondí mi rostro en su pecho. Había empezado a llover y no lo habíamos notado. Antes de soltarlo levanté el rostro y lo miré. Él me lo preguntó sin hablar. “Nunca”, le aseguré.
Nos soltamos, nos dimos la vuelta y nos fuimos. Nunca, nunca… se lo tenía que contestar. Después de todo, las preguntas más importantes son las que no se hacen con palabras. Ya lo sabía.
Mientras caminaba, unos segundos después de habernos separado, escuché que me gritaba: “¡Yo tampoco, nunca!”. Mantuve el paso firme y rápido, no me volteé. Estaba claro. Nunca. Nunca.

Nunca podremos mirar sin mirarnos. Nunca podremos besar sin recordar. Nunca podremos estar juntos y aún así notar cómo está el clima. O todo. O cómo está todo alrededor. Nunca

viernes, 15 de enero de 2010

Crear un texto es como estar enamorado: todo te recuerda a él.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Él

Los bolsillos de Andrés rebosaban de arena, tanto que cuando caminaba, se le escapaba grano a grano, y, si se detenía, unas montañitas inestables se levantaban a sus pies. Andrés estaba fascinado con la arena. La cogía, la dejaba caer entre sus dedos y reía.
Él se dirigía decidido hacia el mar, seguido por su mamá, que corría tras él cuidando que los obstáculos de arena no le hicieran tropezar. Temía tanto por su delicada cabeza... Quizá era demasiado protectora. Quizá fuera el miedo que le inundaba de que su hijito se lastimara de nuevo, como le ocurrió justo antes de que naciera, hace veinte años.

"Yo buscaba respuestas y alguna verdad"

sábado, 31 de octubre de 2009

Once upon...

Érase una vez... una vida con sentido.

sábado, 3 de octubre de 2009

El genocidio del tiempo

Y pasa el tiempo. Se va, no va a regresar, no vas a regresar... ya lo sé. Cada instante el tiempo fusila algo que se va y que no va a volver. ¿Cómo mantener los instantes a mi lado si por inercia absurda están predestinados a perecer? Instantes que se me escapan, que se deslizan casi imperceptibles. Yo ya lo sé. De ahí que ya no ponga el cerrojo, a veces incluso dejo la puerta abierta tras de mí aunque no venga nadie más.

Y pasa el tiempo. Y pasas tú. Y pasa él. Y pasan todos. Todos y todas... esos de “por allá” también pasan, te lo juro. Que la tele es una mierda pero es verdad que por allá también están pasando muchas (por no decir demasiadas) personas.

Y pasa el tiempo pero yo sigo sentada en la misma banca. No sé si alguien más escucha los resquicios del silencio que se esconden traviesos entre los instantes, y los coches, y el humo, y los gritos, y las risas, y los adioses, y el tiempo... y los insensatos panfletos propagandísticos que se venden con el nombre de libertad. Y la gente los compra, lo he visto. Lo veo todos los días. Te juro que los compran. El problema es que nadie encuentra ese instante que nos está gritando: ¡No lo hagas, no! (Ayer el autonombrado portavoz de la esperanza recibió una bofetada monumental; por un instante supe que todos estaban escuchando, pero sin creerse nada, un “yes we can” gastado que repitió con pequeñas variaciones al presentar una candidatura que apestaba a ruido de hospital. Fue la primera ciudad eliminada. ¡Bien hecho, CIO!) (Tema aparte: Madrid con "we believe"... copia barata... pero, en términos generales, muy bien la candidatura).

Quiero escuchar el ruido para distraerme y no notar cómo pasan, cómo corren (algunos caminan, algunas bailan, otros están perdidos y creen que están regresando pero en realidad se van) Pero el silencio que está tan lejano y aparentemente callado me llama. Nos llama a todos. Estaremos todos o ninguno de nosotros. Estaremos los dos o
no estará nadie. Yo también puede que me decida a dejar la banca.

Y pasas tú. Y pasa él. También los de ayer pasan de vez en cuando para hacerme recordar. ¿Lo recuerdan ellos también? ¿Lo recuerdas tú?

Si no pasara el tiempo fuera más fácil. Pero como diría ese chico que conocí ayer:(y como diría yo, y como dirías tú... como decimos todos para sentirnos mejor) así es la vida. Quiero pasarme yo también por el tiempo y contarle cómo se carga con todo. Todo.

Y pasas tú. Y pasa él. Y pasan todos. Todos y todo... esos de por allá también están pasando aunque no lo queramos recordar. Sí, el mundo se mueve, se derrumba... y tú tampoco has hecho nada.

Por allá.... sí, muy lejos de aquí... hay un incendio.

Las llamas se extienden, ¿sabes?

Yo lo sé y aún así sigo sentada en esta banca. Escribiendo mierdas.

Lo peor de todo es que ni siquiera creo en los bomberos.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Cambio y fuera

He olvidado olvidar.



(...)




Olvidaré recordar.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Como los alacranes

Después de que nació mi primera hija comenzó mi vida. Me cuesta recordar qué era lo que me motivaba a seguir adelante antes de su nacimiento, supongo que el inconsciente anhelo de llegar a tenerla algún día.

Sin embargo, cuando la llamé esa tarde me di cuenta de que era hora de recordarlo. Nunca me había parecido nada demasiado crucial. Si lo que recordaba de mis días más alegres y más tristes estaba siempre relacionado con ella, me parecía normal.
Cuando la llamé esa tarde no me atreví a confesarle que se estaba cargando con todo. Con todo lo que me mantenía ahí. No me atreví, era imposible que me atreviese. Su voz sonaba demasiado lejana, lejana pero alegre. Traerla a mi lado sólo para escucharla más cercana hubiese sido como cargarme yo también con lo poco que quedaba. Pero quedaba tan poco...

Supongo que en eso consiste ser madre: sacrificar toda tu vida por una realidad maravillosa. Una personita maravillosa que si aprendes a querer seguramente dejarás volar. La dejarás ir como yo dejé irse a mi hija a estudiar a una universidad demasiado lejos, demasiado lejos. Y si no se hubiera ido quizá nunca nos hubiésemos enterado de nada. Ni yo, ni ella. Y yo seguiría pensando que si lo que recuerdo de mis días más alegres y más tristes está siempre relacionado con ella, es normal.

Y no es normal. No es normal que cuando la llamé esa tarde ella me haya dicho, con toda la serenidad del mundo (mientras sonaba en el fondo una canción de pop barato, y mientras sus dos compañeras de piso de desternillaban por alguna tontería que salía justo en ese instante en la televisión) que se había dando cuenta de que no quería regresar a casa.

- No piensas regresar a casa – repetí lo que ella me dijo, no tanto para asimilarlo (porque me quedó claro, a pesar del bullicio que se escuchaba a través del teléfono a millones de kilómetros de distancia), sino más bien con la estúpida esperanza de que ella se diera cuenta de que se había equivocado.

- ¡No! Deja ese canal – me respondió gritándole a su compañera de piso mientras la música y las risas no cesaban.

No dije nada por unos segundos y escuché su fiesta. Sonaba bien, sonaba lejana, sonaba a ella y no a mí.

- Quiero trabajar aquí, hay una empresa que me encanta. Se llama…

Y continuó, con toda la serenidad del mundo, cargándose con todo. Con todo.

Ya me lo había dicho mi madre hace muchísimos años, cuando me llamó (también estábamos a millones de kilómetros de distancia) y me pidió que la vaya a cuidar, que se había enfermado de cáncer, que me necesitaba, que por favor... por favor, hija....
Cuando me lo dijo titubeé y ella gritó: ¡Los hijos son como los alacranes!

Debo ser sincera… nunca me tomé la molestia de preguntarle qué tenían en común los alacranes con los hijos, ni siquiera con los humanos. Daba igual, estaba claro que no podía ser nada bueno.

Empaqué mis cosas, terminé con mi novio y la fui a cuidar.

Esta tarde, cuando escuché a mi hija contarme su plan de vida (en el que yo no figuraba), no me dieron ganas de decirle lo que pensaba: que sí, que los hijos son como los alacranes. Porque no quería que le pase lo mismo que a mí, ella tenía que poder guardar entre sus recuerdos momentos muy alegres y muy tristes, incluso antes de sacrificarlo todo por alguien más.

Así que le dije, intentando sonar alegre: me parece genial, Milah. Suena muy interesante esa empresa.

Cerré el teléfono y regresé al comedor. Gustav, mi esposo y padre de Milah, me seguía esperando.

- Y bien, ¿qué te dijo?

Nunca había sido una experta mintiendo. Me mantuve en silencio por unos segundos.

- ¿Ya me puedo ir? – insistió.

Gustav llevaban meses intentando irse de casa. Yo le suplicaba que no me dejara sola.

- Sí, te puedes ir. Ella se me embarcará el primer vuelo y volverá a casa cuanto antes.

Cerró la puerta y nunca más lo volví a ver.

Todavía no puedo creer que ni siquiera me haya preguntado la reacción de su hija cuando se enteró que sus padres se iban a divorciar.

viernes, 15 de mayo de 2009

Culpable

Si cada vez que me despertara no hiciera tanto frío seguramente podría conquistar el mundo.

Pero la culpa no es del clima, ni siquiera de esta maldita ciudad. Ni siquiera del insoportable hombre del tiempo que sale en la tele. Ni siquiera es culpa mía que te abrí la puerta para que te vayas. Ni siquiera es culpa tuya, que dejaste olvidado ese beso en la almohada. Y se gasta, se desperdician nuestros besos. Ya no los tengo y si los tuviera no habría diferencia. Y hace frío, me estiro, abro los brazos, me volteo, me incorporo, me vuelvo a dejar caer en la cama que está demasiado vacía. No la puedo llenar.

Seguramente si estuvieras aquí tampoco podría conquistar el mundo. Quizá es culpa mía que no sé cómo hacerlo. Quizá el frío es la excusa.

lunes, 11 de mayo de 2009

Como si no nos conocieramos


No me llames, no me mires, no me saludes. Pretende que ni siquiera me conoces, por favor, ignórame. Como si no nos conociéramos. Pretende, siempre fuiste bueno actuando. Como si cada esquina de tu casa no guardara ese recuerdo, como si la cama te pareciese pequeña, como si las noches fuesen cortas, como si nunca hubieses escudriñado mis cajones en busca de una explicación. Como si no nos conociéramos.

¡Y cuánto me conoces!... ¡Y cuánto te conozco!

Te conozco tanto que sé que esto es lo querías que te pida, lo que querías escuchar. Te conozco tanto que sé que es más fácil para ti si me ignoras, si no me miras, si borras mi número de tu móvil.

Y me conoces tanto que sabes que esto que te pido es lo último que quiero. Lo último.

¡Cuánto nos conocemos!... nos conocemos tanto que irremediablemente terminamos queriéndonos. Nos conocemos tanto que a veces nos confundimos y no sabemos si siempre fuimos así o si nos estamos copiando el uno al otro. Nos conocemos tanto que estoy segura de que esta tarde, cuando me tope contigo en la fiesta, seré yo la que te ignore (aunque es lo último que quiero) y serás tú el que me mire y me hable (aunque te duela hacerlo).

Imposible. Porque todas las esquinas lo gritan. Todas.

domingo, 3 de mayo de 2009

Pequeñeces

Tus pies calientes acaban de tocar el suelo helado. Te miras al espejo y te frotas la cara con agua para aparentar que has dormido bien. Pero sonríes, porque hoy también lo has conseguido. Hoy también te has levantado antes de que suene el piri-pi-pi de tu despertador.

miércoles, 29 de abril de 2009

Carmen


Si no me quieres, te quiero.
Si te quiero, ten cuidado

jueves, 9 de abril de 2009

Porque no te detuviste a pensar. Por eso.

Ya cenamos, papá. Te esperamos demasiado tiempo. Le agarro el hombro con una mano y con la otra le levanto el rostro: nunca nos gustaron las albóndigas de carne, le explico.
Un beso en la frente, un par de segundos mirándonos con la cara muerta, sin ninguna expresión. Y la mueca torcida que le crea vericuetos débiles alrededor de los ojos... esa mueca ya no me parece una sonrisa.
Ya no.
Le cierro la puerta en las narices. Me asomo a la ventana y lo miro; mi padre nunca fue un tipo demasiado inteligente. Le toma unos segundos levantar el brazo y mirar su reloj: sí, son las siete de la noche, papá. Sí, seguimos cenando a las nueve.
Contempla su antiguo hogar por unos segundos, se voltea y emprende camino a no sé dónde. Camina sin mirar atrás, nunca regresa.

Siempre fui la única que no corrí tras los pasos de mi padre. Mi madre y mi hermano siempre lo hicieron. Lo siguen haciendo.